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sábado, 10 de junio de 2017

"LA CARTA ROBADA": POE Y LACAN DESCIFRAN EL INCONSCIENTE

En 1844 Edgar  Allan Poe publicó La carta robadahttp://ciudadseva.com/texto/la-carta-robada/) , la última de las historias de su famoso personaje Auguste Dupin, con el que sentó las bases del género detectivesco que tanto éxito alcanzaría en manos de Conan Doyle desde 1887. La historia relata cómo Dupin recupera una comprometedora carta de la reina de Francia, que había sustraído el Ministro para  demostrar su poder. Aunque la policía registra la casa del  Ministro continuamente, no es capaz de encontrar la deseada misiva. Pero a Dupin le basta una visita al político para localizar el preciado documento. En 1959 Jacques Lacan convirtió este relato en materia de un famoso seminario con el que pretendía explicar el funcionamiento del inconsciente como un lenguaje. Y en el corazón de ese trabajo, el robo sagrado del poder, la legitimidad, la autoridad...
1. Una carta llega siempre a su destino.
A mediados del siglo XIX Baudelaire tradujo al francés las extraordinarias narraciones de Edgar Allan Poe, -entre ellas, The purloined letter, "La carta robada"-, fascinado por el poder subversivo de dichas historias contra los acomodaticios valores burgueses de sus conciudadanos pero, sobre todo, por la "manía filosófica" de Poe, su facilidad para engastar en sus extraños relatos, como irregulares perlas barrocas, construcciones esotéricas capaces de perturbar sistemas filosóficos pretendidamente cerrados y autosuficientes .
Un siglo después, en el mismo lugar y en un contexto social igualmente conformista, que pronto habría de transformarse, en Mayo de 1968, en parte por las revolucionarias enseñanzas del Jacques Lacan, este recuperó la "Carta" de Poe, acompañada de una subversiva apostilla a Freud. Esa reinterpretación era fruto de otro mensaje entonces casi olvidado, el de Die Traumdeutung (1.900). "La interpretación de los sueños" advertía cómo el inconsciente está estructurado como si fuera un lenguaje, según demuestran sus cuatro formaciones básicas: el síntoma, el sueño, el acto fallido y el chiste, a las que, por su parentesco con las anteriores, deberíamos añadir el lenguaje poético.
Pero ¿qué tiene de particular la narración de Poe para haber desatado tantos ríos de tinta en la literatura psicoanalítica? Después de todo, el tema del ladrón robado no deja de ser típico del vaudeville, con una moraleja evidente de rancio sabor burgués. Sin embargo, ya Henri Bergson en La risa (1904) había intuido las profundas conexiones de esa idea con el dominio de las estructuras lingüísticas. He aquí su receta para tal comedia: se coge una metáfora, una frase o un razonamiento,-o, por qué no, una acción-, y se vuelve contra quien los pronunció, o hizo, hasta que el sujeto acaba por quedar envuelto en las redes del lenguaje.
También Freud había puesto en evidencia la falacia del cogito cartesiano mediante la fórmula Wo es War, soll Ich verde. Si la misma se entiende como pienso donde no soy, luego soy donde no pienso, nos obliga a concluir que el yo es un juguete del pensamiento y, por ende, del lenguaje que lo gobierna. Este es uno de los grandes aciertos de Lacan que, con un audaz golpe de mano, como el de su alter ego Auguste Dupin, el protagonista absoluto de La carta robada, recupera la herencia de Freud limpia de vínculos con los pensadores freudistas, que la habrían desvirtuado. Más allá del campo práctico inmediato de la terapia individual, Lacan consigue reinstalar al psicoanálisis en el corazón de la filosofía, al rescatar para el mismo el papel de reflexión sobre el sujeto y sus escisiones. Con ello vendría también a hacerse eco de otra candente división a otro nivel, la existente entre las diferentes clases sociales. El otro acierto de Lacan, atento a las preocupaciones existencialistas de posguerra, fue  analizar la posibilidad de un espacio abierto a la intersubjetividad como lugar para la comunicación verdadera. El modelo que utiliza para ello es el de la relación analista-enfermo, planteando la cura como una dieta de palabra plena y baja en vanas pretensiones metafísicas, aunque sin renunciar a la apertura hacia la trascendencia. Sin embargo, Lacan es, paradójicamente, víctima de un idealismo trascendental que traiciona la sencillez de su mensaje. El Falo, significante del deseo, que es la única verdad del sujeto, símbolo de la formación de la cultura y férreo rector del funcionamiento del lenguaje y de las relaciones humanas en general, se convierte en su obra en una versión remozada de otros arjés vigentes en diversas épocas anteriores de la historia de la Filosofía occidental: el Nous de Anáxagoras, el Uno parmenídeo, el Logos platónico, la divinidad en la Edad Media o el Espíritu absoluto hegeliano, entre otros. Desde la trascendentalidad que solapadamente se introduce en su obra, se comprende que la historia del robo que cuenta Poe es para él mucho más que una anécdota de política de boudoir en las cortes europeas del siglo XIX, sino que se erige en una grandiosa metáfora acerca de las relaciones entre el hombre y Dios- y sus intermediarios-, las cuales solo pueden estar basadas en el robo como vía de adquisición del conocimiento. Así ocurre con Prometeo en la cultura griega o con Adán y Eva en la tradición judeocristiana. En el texto de Poe, el Ministro, un advenedizo que ha alcanzado el éxito en política, se atreve a sustraer a un alto personaje, la Reina, revestida de divinidad por compartir con el monarca el maná derivado de su investidura regia, un secreto que atenta directamente contra la seguridad del trono. El detective aficionado Dupin-el héroe, el joker, el psicoanalista-, restaura a su lugar divino la peligrosa carta robada, que es "sagrada". La palabra sacer tiene un doble sentido etimológico: algo maldito o execrable, por vulnerar las leyes sociales; o bien un objeto consagrado a los dioses. Así sucede en el relato de Poe, en tanto que se convierte en una pieza clave para la subsistencia de una monarquía impugnada y, por ello, inestable. En el fondo, de lo que trata la historia de Poe es de cómo los seres ordinarios pueden obtener poder a costa de los dioses y sus representantes en la tierra, los monarcas ungidos. En ese sentido, reproduciendo la trayectoria de la valiosa carta, Lacan acaba perpetrando un robo sagrado similar, al sustituir a la religión institucionalizada en la función divina de curar el alma-psique, transformando el papel del psicoanálisis en una teología negativa o en una terapia mística.
2. La mirada reveladora
Hay un aspecto básico que han desatendido los muy numerosos y diversos abordajes del Seminario sobre la carta de Lacan, tal vez por su más aparente vinculación del texto con la temática lingüística. No obstante, debemos recordar que el desencadenante esencial de la historia, sin el cual la trama detectivesca del cuento no podría haber sido pensada, es la extraña capacidad de algunos personajes para descubrir lo que otros no pueden encontrar pese a su presencia manifiesta. Y es que no es lo mismo ver que mirar. Ya Freud había considerado la mirada como una acción pulsional cuya satisfacción genera y consume energía . Más tarde, Lacan incrementó las pulsiones básicas, definidas por Freud en relación a las funciones biológicas y aperturas del cuerpo más evidentes,- la oral y la anal-, añadiendo otras dos pulsiones esenciales, la escópica o visual y la invocante u oral, resultantes de otros modos más sutiles de establecer la relación con el mundo: la mirada y la voz. Aunque abordó su estudio in extenso en 1963 después del Seminario sobre la carta, en este ya se ocupa de ellas. A los tres términos, tiempos y lugares estructurantes del drama de Poe se asocian tres miradas diferentes: la primera es la que no ve (la de los representantes de la ley);. la segunda ve que la primera no ve nada y se engaña creyendo a cubierto lo que esconde: es la mirada de la Reina y, después, la del perverso Ministro; la tercera es la que ve al descubierto lo que debería esconderse. Es la del Ministro y, más tarde, la de Dupin. Paralelamente, Lacan correlaciona las escenas del drama con dos diálogos diferentes: primero, la conversación entre el Jefe de Policía y Dupin, es decir, la imposible comunicación entre un sordo y otro que oye; y, en segundo término, el discurso de la intersubjetividad que busca la verdad en la que se constituye al otro. 
Comencemos el análisis con la función escópica y su capacidad para descubrir el ser a través de la mirada, partiendo del desarrollo del psicoanalista Juan David Nasio 1. Según éste, las imágenes visuales del mundo percibidas por el yo se convierten en parte de su sustancia, permitiendo la constitución entre ambos de una dimensión imaginaria, continua y sin ruptura, en la que el yo se reconoce como tal. Sin embargo, la aparente solidez de ese yo, creado especularmente a semejanza de los otros, solo esconde a duras penas su real fragmentación en un conglomerado de imágenes en cuyo núcleo, como en el de una cebolla, se encuentra el "falo imaginario", el ser con el que el yo está indentificado y que constituye su esencia sexual. Este "falo", -concepto a la par imaginario y simbólico, que Lacan distingue con toda nitidez del órgano sexual correspondiente-, sería en realidad una imagen muy especial, como una película o sustancia translúcida que cubre, oculta y a la vez muestra el goce que anima al yo como su único motor y que, como una suerte de cola fluida, mantiene cohesionadas las imágenes que lo envuelven. Esta disgresión viene al caso porque si en el acto de ver el yo es el que se dirige a la cosa, en el mirar, por el contrario, es una imagen provocada por la cosa, como foco de luz vibrante e irradiante entre sombras, la que sorprende al yo cegándolo y provocando, al mismo tiempo, un instante de lucidez y fascinación que solo se capta a nivel inconsciente. Para Nasio ese brillo que arrebata la mirada es, precisamente, la imagen fálica captada de modo directo sin su cobertura habitual, lo que constituye una experiencia límite. De este modo pueden explicarse el enamoramiento y otras experiencias ligadas al erotismo, como la intensa vivencia subjetiva provocada por la obra de arte o el éxtasis místico pero también, podría pensarse, experiencias cotidianas no menos trascendentales como la consecución de una intersubjetividad plena. También Heidegger Merleau Ponty nos recuerdan que el encuentro con el otro se produce primordialmente con la mirada, tanto como con la palabra. Para Lacan, por su parte, la mirada es el deseo que tiene el Otro de ser reconocido, por cuyo motivo constituye un elemento tan básico en la terapia psicoanalítica como la voz o el silencio.
Sin embargo, pese a que Lacan advierte con claridad el poder desencadenante de la mirada en el relato de Poe, en el Seminario no explica en qué reside esa distinta capacidad del Ministro y de Dupin para descubrir la presencia de la carta frente a la ostentosa e incomprensible ceguera del Rey y de la Policía. Pero si desde los razonamientos anteriores es fácil identificar la carta robada con el falo simbólico, también se entiende cómo quienes encarnan su ley son ciegos a la circulación del deseo, inicialmente el de la Reina, después el del Ministro y más tarde el de Dupin. 
Auguste Dupin
 Debe advertirse que, aunque no se nos dice cuál es el contenido del mensaje circulante, sin duda debía de ser comprometedor para la Reina, seguramente por desconocer su deber de lealtad matrimonial en una aventura galante. Por su parte, el Ministro, que desea atacar a la Reina, lo hace con la solapada intención de dar jaque al Rey. Y por último Dupin, al declararse partidario de la Dama y ayudarla a la recuperar carta a su lugar, ocultando los hechos al Rey, contribuye a que la ley fálica que este representa se mantenga en pie aunque sea vulnerada. Como sostiene Lacan, hasta el desconocimiento del pacto entre el monarca y los súbditos y los esfuerzos para restaurarlo son índices de su vigencia entre los personajes de la historia. La carta-falo, a la vez visible y oculta entre las sombras de lo que está fuera de la ley, se erige también en símbolo de la aletheia y del encuentro con el ser, escondiéndose donde se ofrece del modo más verdadero, esto es, en el lugar del deseo. No obstante, antes de seguir avanzando  en los complejos conceptos lacanianos, necesitamos realizar algunas consideraciones acerca de su teoría del signo y sobre la metáfora paterna en tanto religio.
3. De revolutionibus orbium litteralium
Jacques Lacan
Es bien conocido el proceso mediante el cual Lacan parte del estructuralismo de Lévi-Strauss y de la teoría del signo de Saussure para acabar subvirtiendo por completo el sentido de ésta en su aplicación al inconsciente. Ello no debería resultar extraño si se concibe el universo simbólico como el país al otro lado del espejo de la realidad, que devuelve una imagen inversa a la recibida2. En efecto, si en la constitución y funcionamiento del signo saussuriano como unidad existía un equilibrio entre significante-sonido y significado-idea, tal vez con acento en ésta, Lacan se complace en borrar ese paralelismo en favor de una preponderancia absoluta del primero, fortalecido por una barrera o corte infranqueable entre ambos aspectos que asegura la completa autonomía del significante y permite su constante desplazamiento respecto al significado. Por tal motivo, el significante se resiste a la significación, es decir, el síntoma aparece a la conciencia repetidamente, en momentos y lugares distintos, con disfraces cada vez más sofisticados que lo alejan progresivamente de su verdadero sentido, razón por la cual al mismo tiempo el sujeto es castigado por su deseo prohibido y consigue su satisfacción vicaria mediante el significante-síntoma que escapa a la censura con su permanente desplazamiento, como ocurre con el esquema típico de la neurosis, si bien puede generalizarse como mecanismo explicativo del pensamiento inconsciente. Lacan concibe por ello el significante como lo que representa un sujeto para otro significante,  y solo cobra relevancia mediante su repetición. Las leyes que guían sus pasos y permiten interpretarlos, ahora tomadas en préstamo a Jakobson, son las de la metáfora y la metonimia. En la primera se designa algo a través de otra cosa. Mediante la sustitución operada por similitud se produce una condensación . En la metonimia lo que hay es un desplazamiento del significante por las relaciones de contigüidad entre materia y objeto, continente y contenido, la parte y el todo o la causa y sus efectos. En este traslado del deseo del sujeto hacia algo irrelevante para la conciencia se consuma la ausencia del ser, pues con ello se difiere perpetua e incesantemente el reconocimiento del deseo. Por el contrario, en la metáfora, se dice la verdad de forma oblicua, atrayendo al ser que primero se ha negado mediante el poder evocador de su mensaje, igual que en el juego del Fort-da, de la ausencia-presencia. Esto es precisamente lo que ocurre con la carta-significante, que ejemplifica a la par el desplazamiento y el retorno al origen para la restauración de la ley fálica como promesa de curación. En sus evoluciones instituye el lugar de los sujetos, operando una metamorfosis de cada detentador. Así, la personalidad femenina de la Reina se contagia al Ministro, quien incluso se atreve a ocultar la misiva sustraída a aquélla bajo una dedicatoria de mujer con su inicial D., que curiosamente coincide con la de su sucesor Dupin, el cual a su vez llega a declararse su gemelo en la misiva en la cual perpetra su femenina y refinada venganza. Entre los sujetos del drama se entabla, además, un juego de perversiones. Así, el discurso de la Reina es el de la histérica, que desea poseer el falo a costa de la castración del varón-Rey. Por tal motivo Lacan augura, como desenlace previsible de la historia, una vez que consigue arrebatar la carta al Ministro, que la Reina se enamorará de éste porque también ha conseguido castrarlo3. El Ministro, por su parte, ejecuta el robo por puro narcisismo, para vindicar un ascendiente perverso sobre la Reina,- y , en consecuencia, sobre el Rey-, abusando de la posesión de su secreto. Cada vez que éste circula paraliza tanto al ladrón como a la víctima, pues ni la Reina ni el Ministro pueden evitar ser cada uno robado por el otro. Es el efecto de transformación del ser, al apoderarse del mismo la palabra que hace al sujeto un títere del lenguaje .
La Policía, por último, se regocija de la supuesta ignorancia del Ministro acerca de sus incesantes registros cuando, como ocurre con el deseo del obsesivo4, cuya conducta repiten los guardianes de la ley con sus minuciosos y baldíos rituales de búsqueda, su intervención es un secreto a voces. De género distinto es la perversión que muestra Dupin, quien hace cómplices de su triunfo sobre el Ministro tanto a su amigo como a la Policía, deleitándose por anticipado con el chasco de aquél al descubrir el poder que se le ha escapado. Y es que, aunque la historia de los robos pudiera presentarse como simétrica, en realidad la repetición introduce en el significante-síntoma una sofisticación progresiva que se asocia al incremento del goce como tensión inconsciente. Esa repetición es un concepto que Freud toma de Kierkegaard pero variando por completo su significación metafísico-religiosa. En Más allá del placer fundamenta la Wiederholungszwan, la obsesión de repetición o repetición compulsiva , en el instinto de muerte del yo, la tendencia innata de lo orgánico a la reconstitución de su estado anterior inanimado,-como en virtud de las leyes de la inercia-, en lucha con el deseo sexual tendente a reproducir incansablemente la vida. Esta es la clave que sirve a Lacan para identificar el automatismo de la repetición como mecanismo explicativo del lenguaje del inconsciente. Desde el juego de pares y nones que inventa Poe para explicar el éxito de Dupin,- repitiendo el proceso mental seguido por el Ministro al sustraer la carta a la Reina, cuyo escondite por su parte reprodujo aquél con sutiles perfeccionamientos-, Lacan llega a afirmar la existencia de un lenguaje cibernético, basado en una combinación pura de significantes que operan con una lógica algebráica de cálculo, acercándose con ello a la characteristica universalis de Leibniz. Desde esta óptica nos encontraríamos con un lenguaje previo al sujeto, construido como elemento de un sistema simbólico que da sentido a la existencia frente a la muerte, que aliena al ser pues lo mueve de manera que el yo apenas puede conocer y controlar, privándolo además de la capacidad de comunicación sin cortapisas con el otro. Un largo y tortuoso camino ha recorrido la historia de la Filosofía desde la theoria pura de los griegos, punto de anclaje supuestamente firme frente al constante devenir del mundo, asegurando su realidad y cognoscibilidad, hasta la aparente inversión total de dicho planteamiento, en la medida en que el sujeto, antes gobernante del mundo, aparece ahora indefenso ante una gigantesca y ciega maquinaria,- la del deseo-, que inventa incesantemente un ser y un lugar cada vez diferentes para él. Por ello parece que la teoría de la repetición, en realidad, es una manera más sofisticada de volver a los orígenes, como la carta de Poe, ofreciendo la ilusión de que el sujeto es capaz de recuperar el control racional de la realidad y sobre su propio ser, dado que la misma repetición,- del día y la noche, de las estaciones, de los rituales, del significante-, asegura la existencia de un sentido incluso a través del sin sentido del síntoma. Al ser éste finalmente interpretable, permite la curación mediante la reconciliación entre el yo y el inconsciente. La dialéctica entre ambas instancias parece recuperar la contraposición platónica entre mundo aparente y verdadero, dado que el lenguaje consciente no expresa lo que quiere decir el sujeto sobre la realidad de su ser. Sin embargo, el Psicoanálisis no afirma que sólo la parte oculta del iceberg es lo importante sino que debe instaurarse un sano equilibrio entre ambas dimensiones del sujeto mediante el reconocimiento de sus respectivos niveles de verdad, lo que supone un ejercicio de crítica a la falsa transparencia del lenguaje y a su capacidad para aprisionar al sujeto en las redes de lo simbólico.
4. En el Nombre del Padre.
"Al comienzo era el verbo y con él orden simbólico de que irradia el nombre del padre"5
Faltaba todavía indentificar el Deus ex machina del sistema lacaniano, la reformulación del Edipo como mito explicativo de la entrada del hombre desde la pura animalidad biológica al estado social mediante la ley de la cultura, expresada en el orden del lenguaje. El proceso se produce a nivel individual mediante la sustitución del Imaginario,- la relación dual pre-edípica entre niño y madre, con la que el primero establece una identificación narcisista-, por lo Simbólico, representado por el Edipo, con el que ahora se constituye una estructura triádica por la intervención del padre. Proclamar su ley, la de la castración, supone la prohibición del incesto como goce absoluto, el cual desde entonces comienza su incansable peregrinación siempre insatisfecho. Sin embargo, la castración es, al mismo tiempo, una promesa de goce diferido al niño/a a quien, a cambio de aceptar las exigencias de la cultura, se le anuncia la posibilidad futura de ocupar el lugar del padre/madre con terceros. El objeto que opera el corte entre madre e hijo es precisamente el falo. Es significativo así que sólo uno de los sexos, el masculino, haya sido elegido ( ¿ por quién y por qué? ) para acceder a la categoría de significante de la sexuación y del deseo. Desde esta perspectiva surge la evidencia de que la teoría de Lacan pueda utilizarse, al cabo, como un instrumento opresor más del sistema patriarcal. Derrida criticó así el falogocentrismo trascendentalista del autor. Igualmente se ha dicho, desde las filas del feminismo, que es un sistema que establece todo el débito en la cuenta de la mujer, a la que aquél, además, solo concibe quo ad matrem. Luce Irigaray ya denunció por ello, en Spéculum de l'autre femme ( 1.974), la profunda incapacidad, heredada por la teoría psicoanalítica de la metafísica occidental, de pensar la identidad en términos femeninos, dejando fuera del sistema del lenguaje el deseo de la mujer. Ello se erige en una forma de controlar su fuerza anárquica, capaz de transformar el orden simbólico patriarcal - en La Carta es significativo que sea a la mujer a la que se robe su deseo, negándole así toda autonomía. Por ello, en torno al falo se produce una segunda represión cultural, más profunda que la edípica, y que consiste en la negativa a contemplar un modelo alternativo al masculino para la construcción de la identidad del ser. Quizá por esta incapacidad se ha sustraído la mujer al discurso de Lacan que, en este punto, como ocurre en Freud, puede considerarse fracasado. Ante la injusticia de unas estructuras patriarcales caducas,  surge la insistente pregunta de si ésta es una situación modificable por medio de la educación o si está irremisiblemente esclavizada por las leyes del complejo de Edipo. Aunque hemos tratado esta problemática crucial al hilo de la obra de Hélène Cixous (http://mujeresparalahistoria.blogspot.com.es/2013/07/helene-cixous-la-risa-de-la-medusa.html), no puede dejarse pasar esta ocasión para recordar que el psicoanálisis contempla el complejo de Edipo como una estructura fija, permanente e invariable, su propia articulación en un sistema histórico esencialmente mutable hace necesarias ciertas variaciones concretas en el lenguaje, en las reglas del parentesco y en las formaciones ideológicas que se asocian a unas y otras que, en definitiva, son las responsables de las corrupciones del sistema, sobre las que sí es posible intervenir, siquiera con gran lentitud y eficacia limitada, mediante el escalpelo de la crítica y el poder modelador del aprendizaje de conductas no sexistas .
5. El advenimiento y ocaso de una nueva teología.
Se ha establecido una correspondencia entre racionalidad, logocentrismo y escritura en la cultura occidental, en oposición a la que existe entre pensamiento mágico e imagen. Las primeras comparten las características de una aparente linealidad y desarrollo lógico consecuencial. Esto oculta una visión de la realidad articulada en partes previo un proceso de desestructuración de la misma, el cual desvincula lo espiritual y lo material,- significado y significante-, colocándolos en planos jerarquizados. Por el contrario, la percepción mágica del mundo construye éste como un continuo unitario en el que el conjunto depende de cada uno de sus elementos, los cuales no están articulados entre sí sino yuxtapuestos en razón de las leyes de la simpatía, ya definidas por George Frazer en La rama dorada: "lo semejante produce semejanza , las cosas que han estado en contacto y han dejado de estarlo continúan actuando las unas sobre las otras , como si el contacto persistiera". Indudablemente la misma tópica reguladora del inconsciente,- metáfora y metonimia-, es la guía del pensamiento mágico.
Jacques Derrida
Facundo Tomás6 ha puesto de relieve, desarrollando los criterios de Derrida en La grammatología, el itinerario seguido por la civilización europea en la pugna entre escritura e imágenes. Así afirma que el atomismo de los grafos niega el icono puesto que en éste se asoma la sensorialidad y por ello la cultura hebrea, crecida alrededor del alfabeto fonético fenicio, es iconoclasta. Basta recordar el episodio de Moisés frente a los adoradores del becerro,-a quienes el patriarca alejó de su idolatría mediante la presentación de las doce tablas de la ley, escritas por Dios en fuego como símbolo de la alianza con el pueblo elegido-, para comprender que en la religión judaica la escritura garantiza la omnipresencia del único Dios en el mundo sensorial a costa de su intangibilidad e invisibilidad total, lo que lleva a justificar la separación jerarquizada entre materia y espíritu, entre los sentidos ciegos y la razón que alcanza la verdad. La misma diferencia entre significado y significante remite a un logos absoluto al que la inteligibilidad, anterior a toda exteriorización sensible, está inmediatamente unida.

Mientras el catolicismo da entrada a la representación de imágenes como parte del culto, algo muy distinto ocurre con el judaismo, la religión islámica y, en el propio marco del cristianismo, con los protestantes y ortodoxos. Un largo y complejo proceso histórico e intelectual lleva, desde un mismo punto de partida, - el respeto a la invisibilidad de un Dios solo inteligible-, a la sensualidad visual y plástica del catolicismo, que alcanzó su apoteosis en el Renacimiento y en el Barroco. Ese proceso pasa por la aceptación del Dios hecho carne en síntesis igualitaria con el Padre puramente espiritual, merced al Espíritu Santo, equilibrio trinitario que finalmente se decanta por la centralidad del Hijo Encarnado,- como símbolo de la divinización de la Humanidad-, mediante el contrapunto de la instalación en el Panteón de la Madre. Esta, siendo también carne y lazo con la Tierra, se eleva sobre el pecado por la gracia de Dios. Por ello, aunque Yahvé se había manifestado exclusivamente en la letra, tras la venida al mundo del Dios hecho hombre la situación cambia y tal motivo, en la segunda carta de San Pablo a los Corintios (3,6) se recuerda que la "Nueva Alianza no es de la letra sino del Espíritu . Pues la letra mata , mas el espíritu da la Vida". Así, el cristianismo occidental evoluciona hacia la exégesis alegórica del significado profundo y último de la palabra divina, expresable en la imagen que soporta la función pedagógica para los fieles analfabetos. Pero precisamente en igual secuencia lógica, por la propia rarificación de la literatura en el medievo, se llega de nuevo a la sacralidad de la letra,- como igualmente ocurre en la religión judaica y musulmana-, interpretada como jeroglifo-imagen por una hermeneútica cabalística en que ahora prepondera el significante formal, el cual se apropia de la esencia de la cosa a la que representa. El valor y poder de la palabra se hace depender del conocimiento de su origen. En la movilidad infinita de los significantes gramaticales, esto es, en la combinación incesante de la palabra de Dios mediante la búsqueda de su secreta numerología, se genera el sentido oculto, nunca aparente, del mensaje. De esa misma alquimia del verbo parece heredera la concepción psiconalítica del inconsciente, convertido en la cábala moderna mediante un ars combinatoria renovada que se guía por las leyes de la metáfora y la metonimia. La rememoración del acontecimiento traumático inicial7 permite la afluencia de la palabra plena (lalengua es el neologismo que Lacan inventa para referirse reverencialmente a ella) que constituye el orden simbólico8. El Psicoanálisis se transforma así en la técnica de la Palabra, cuya custodia tiene encomendada el analista junto con el poeta y el pensador o, tal vez de manera más ambiciosa, incluso suplantando las funciones de éstos. Mediante el diálogo analítico, que comparte con la mayéutica socrática su papel de método de ayuda al sujeto para alumbrar la verdad,- no concebida ya como adaequatio a la cosa u homoiosis como en la tradición aristotélica sino como logro intersubjetivo-, el terapeuta se convierte en partero de la palabra, que oculta pero desvela el mismo tiempo el ser, mediante una interpretación de la misma que libere el deseo reprimido. El inconsciente, como discurso del Otro, es decir, del deseo que el yo niega, aflora a la conciencia mediante el diálogo no convencional entre enfermo y analista, regido por las leyes de la retórica simbólica, en un espacio intersubjetivo que engloba a ambos sujetos y se convierte en paradigma de la comunicación auténtica. Por ello Freud exigió el acercamiento a la palabra del paciente como texto sagrado, evocador del misterio del ser. Desde esta perspectiva puede afirmarse que la revolución copernicana operada por Freud no debe entenderse solo como el desplazamiento del yo del lugar central en el sujeto frente a la profundidad insondable del inconsciente sino, aún más radicalmente, cumpliendo las aspiraciones de Feuerbach, como el desplazamiento de la centralidad de la palabra de Dios al Hombre9. El analista, en respuesta al discurso del sujeto, pronuncia un oráculo enigmático, igual que las antíguas sibilas, cuyo sentido y alcance final difícilmente se le alcanzan. Su función mágica, cuasirreligiosa, capaz de trocar el dolor en libertad, se plasma en el uso de una lógica algebraica ciertamente esotérica y en el manejo de una numerología no muy distinta de la sagrada (recordemos la incesante repetición del tres en la interpretación del texto de Poe: tres términos, tres tiempos, tres lugares del sujeto, tres miradas...y la significación que de su intercambio y combinación obtiene Lacan). La palabra del analista tiene plenos poderes para curar mediante el reconocimiento del ser del sujeto,- que no implica su aprobación o censura desde el punto de vista ético-, y la presentación ante el mismo de su deseo, a cuya búsqueda, como Beatriz con Dante, desciende el terapeuta con el enfermo a los infiernos del significante para la recuperación del habla soberana10. Su aceptación final por el sujeto es el acto supremo de libertad. Por la importancia de tal función,  no es extraño que la santificación de la palabra del paciente corra pareja con la implícita asunción de un papel poco menos que sacerdotal en el oficio del analista11 . Este reúne en su persona tres roles profundamente espirituales: junto al de médico, el de sabio y el de mago. Su papel en Lacan es básico en cuanto sostén, como padre nombrante, de la triada Real-Simbólico-Imaginario mediante un nudo borromeo perfecto12
Lacan dibujando el nudo borromeo

 Por ello se ve revestido de una autoridad derivada de su vocación personal, entrega y función que se encuadrarían más bien en el tipo de poder que Max Weber definió como carismático13, viniendo a ocupar el trono dejado vacante por la religión institucionalizada. En tal sentido, es posible interpretar El seminario sobre la carta robada como algo más que la historia del robo-apropiación por parte de Lacan de la herencia intelectual de Freud, entregada a Maríe Bonaparte como representante legitima del freudismo, que ya hemos visto que había vulnerado la fidelidad a la palabra del Padre fundador, - tan a la vista en su verdadero sentido como la Carta de Poe, tal como con agudeza descubre Derrida 14. En este juego de búsqueda de interminables sentidos escondidos en el texto,  hay fundadas razones para suponer que cuando Lacan postula el subconsciente como lenguaje descifrable por el Psiconálisis, pretende perpetrar un robo de más alto alcance, sin duda prometéico, en sus pretensiones de sustituir al misterio religioso e incluso al papel de la Filosofía y de la Poesía en la lectura profunda del ser del Hombre y en la guía de su destino. Parece que, sin embargo, circunscrito el psicoanálisis a unas élites intelectuales y económicas, y probablemente extraviado el mensaje de Lacan, a su vez, entre los vericuetos del lacanismo, esas ambiciosas aspiraciones salvíficas se han visto burladas por el encumbramiento de una disciplina próxima, la Psiquiatría, que ha recibido en su seno,-más democrático en cuanto incluido en el ámbito protector del Estado del Bienestar-, a una Humanidad gravemente enferma de palabra, cuyo recuerdo se adormece con el farmacon del olvido que condena al síntoma a su eterna repetición sin sentido, dejando siempre pendiente de respuesta la pregunta del sujeto acerca de su ser en el mundo. Como nos recuerda Derrida, a pesar de Lacan, una carta no siempre llega a su destino, pues la diseminación amenaza su recorrido.
Las estupendas acuarelas que acompañan este trabajo fueron realizadas especialmente para ilustrar el mismo por María Lorenzo.
NOTAS:
1 La mirada en Psicoanálisis.
2 Jean-Luc Nancy resalta que la novedad del discurso del Psicoanálisis reside en su elaboración merced a préstamos de conceptos procedentes de la lingüística, la etnología, la lógica combinatoria o la psicología, transformándolos de tal manera que se destruyen sus presupuestos de partida, lo que hace preciso un discurso epistemológico sobre la legitimidad de estas asimilaciones aparentemente bastardas .
Por su parte, Jean Allouch, en Lacan ho , ha advertido que tal situación es índice de un cambio de paradigma científico a la manera de Kuhn, encarnado en una transformación del significado de los conceptos, ¡incluso los adoptados de otras disciplinas!; el desplazamiento de los problemas a investigar; la institucionalización de un nuevo paradigma- como sería el lenguaje del inconsciente-, y la modificación de los planteamientos dogmáticos y del ejercicio práctico. La idea es incontestablemente sugestiva pero quiebra en el sentido de que el Psicoanálisis, como la Sociología o el marxismo, tiene negado ab initio el estatuto de programa de investigación científica. Aún así sería interesante reflexionar acerca de en qué medida Lacan representa auténticamente un cambio radical de paradigma, con una incompatibilidad entre las visiones del mundo en conflicto, si en realidad su vindicación del inconsciente como un lenguaje se presenta no como una ruptura frente al modelo anterior, el de Freud, sino como una recuperación-perfeccionamiento del mismo. Por otra parte, el freudismo, frente al que sí podría considerársle en directa pugna, no había llegado a constituir una alternativa consolidada contra la que competir en el espacio científico. En general, merecería la pena cuestionar la aplicabilidad de un esquema de cambio científico (cualquiera sea éste) a las ciencias humanas.
3  De un discurso que no sería semblante .
4 Véase la exposición genérica sobre el goce perverso y el tercero cómplice en Joël Dor, Estructura y perversiones , página 129 y ss.
5 Lacan Escritos: Función y campo de la palabra y del lenguaje en Psicoanálisis.
6 Escrito , pintado . Dialéctica entre escritura e imágenes en la conformación del pensamiento europeo.
7 En sentido hedeggeriano, como característica esencial del ser. La reminisciencia de Platón, que podía ser considerada un concepto próximo, no sirve de modelo en cuanto que esta busca la aprehensión de la Idea en el objeto con referencia a un sistema metafísico que duplica - y jerarquiza- los niveles de realidad. Al Psicoanálisis le interesa más el recuerdo como actividad que como resultado. Por lo demás, las profundas implicaciones entre Freud, Lacan y Heidegger han sido sobradamente puestas de relieve por Carlos Parra y Eva Tabakian en Lacan y Heidegger. Una conversación fundamental. Del retorno a Freud.
8 "El análisis no puede tener otra meta que el advenimiento de una palabra verdadera y la realización por el sujeto de su historia en su relación con un futuro". Escritos, pag. 290.
9 Cuando Lacan titula el seminario La instancia de la letra o la razón después de Freud, que duplica el de La Carta para un público universitario no especializado, resulta claro , como destacan Nancy y Lacoue-Labarthe en El título de la letra , la preeminencia de ésta, que se corresponde con la inauguración de un nuevo y radical episodio de la historia de la razón por Freud, quien rompe definitivamente con la supuesta objetividad del cogito cartesiano en favor de una subjetividad excéntrica.
10 El sentido del retorno a Freud en Lacan se ha entendido, desde esta óptica, como la superación del criterio autoritario y educacional del freudismo humanista, psicologista y antropológico, de fundamento profundamente metafísico, que toma como modelo del enfermo al analista, el cual recurre únicamente a la parte sana del yo prescindiendo de toda referencia al universo simbólico del sujeto y al desarrollo de su historia traumática, pues se basa en el presente para conseguir su adaptación a lo real. Todo ello , a juicio de Lacan, supone una clara obliteración de la palabra fundadora del Psicoanálisis.
11 No es casual por ello que se hayan advertido las concomitancias del estilo de Lacan con la gran tradición oratoria a través de la estructura de las frases de los discursos latinos o de los sermones del siglo XVII, con largos períodos subordinados, entrecortados por arranques tempestuosos y sostenidos por comparaciones largamente desarrolladas (Lacan : Itinerario de su obra. M. Marín ). También han dicho C. Parra y E. Tabakian, op. cit., que la oscuridad de Lacan , que le granjeó merecidamente el título del Góngora del Psicoanálisi , tiene su intrínseca relación con la extremada dificultad del objeto de su estudio y de la profunda voluntad del autor de crear un pensamiento esencial que no se agote en la simplicidad de una sola superficial lectura. Por último, la misma afiliación de Lacan al surrealismo y su habla directa al inconsciente explican suficientemente su estilo enrevesado.
12 La tríada Real- Simbólico-Imaginario es la nueva topología lacaniana que sustituye a la segunda tópica de Freud, la del yo-superyo- ello.
13 El político y el científico pag. 85-6.

14La tarjeta postal. De Freud a Lacan y más allá.                


BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA
-BENNIGTON,Geoffrey y DERRIDA, Jacques: Jacques Derrida. Madrid, Cátedra, 1.994.
-DERRIDA, Jacques: La escritura y la diferencia.Barcelona , Anthropos, 1.989.
-DERRIDA, Jacques: La tarjeta postal. De Freud a Lacan y más allá. México, Siglo Veintiuno,              1.986.
-DERRIDA, Jacques: Resistencias del Psicoanálisis. Buenos Aires, Paidos, 1.997.
-DOR, Joël : Estructura y perversiones. Barcelona, Gedisa, 1.995.
-DOR, Joël : Introducción a la lectura de Lacan. Barcelona, Gedisa, 1.994.
-FREUD, Sigmund: Psicología de las masas . Más allá del principio del placer ( y otros                         escritos). Madrid, Alianza Editorial, 1.995.
- JURANVILLE, Alain: Lacan y la Filosofía.Buenos Aires, Nueva Visión , 1.992.
-LACAN, Jacques: Escritos (vol. 1). México, Siglo Veintiuno, 1.997.
-LAPLANCHE, Jean y PONTALIS, Jean -Bertrand: Diccionario de Psicoanálisis. Barcelona ,                  Labor, 1.994.
-MARINI, Marcelle: Lacan :Itinerario de su obra. Buenos Aires, Nueva Visión , 1.986.
-NANCY, Jean-Luc y LACOUE-LABARTHE, Philippe: El título de la letra. Barcelona,                            Ediciones Buenos Aires, 1.987.
-NASIO, Juan David: Cinco lecciones sobre la teoría de Jacques Lacan. Barcelona, Gedisa,                   1.995.
-NASIO, Juan David: Enseñanza de siete conceptos cruciales del Psiconálisis. Barcelona,                        Gedisa, 1.998.
-NASIO, Juan David: La mirada en psiconálisis. Barcelona ,Gedisa, 1.994.
-PARRA, Carlos y TABAKIAN, Eva: Lacan y Heidegger. Una conversación                                           fundamental. Buenos Aires, Paradiso , 1.997.
-POE, Edgar Alan :Narraciones extraordinarias .Barcelona, Óptima, 1.996.
-SCHNEIDERMAN, Stuart : Lacan: la muerte de un héroe intelectual. Barcelona, Gedisa,                     1.996.
-TOMÁS, Facundo: Escrito y pintado. Dialéctica entre escritura e imágenes en la                                 conformación del pensamiento europeo. Madrid, Visor, 1.998.
-VV.AA.:¿Conoce Ud. a Lacan? Barcelona, Paidos, 1.995.
-VV.AA.: Lacan hoy. Buenos Aires, Nueva Visión, 1.993.
-VV.AA.: (El) Trabajo de la metáfora.Identificación/Interpretación. Barcelona ,Gedisa, 1.994.
-WEBER, Max: El político y el científico.Madrid, Alianza Editorial, 1.981.                                                

sábado, 20 de mayo de 2017

EXPLORADORAS VICTORIANAS: MARIANNE NORTH, PASIÓN POR LOS CONFINES


Hacia mediados del siglo XIX nada hacía sospechar que esta inglesa de alta cuna, enamorada de la jardinería, la pintura y los viajes, iba a dejar atrás la discreta vida de dama victoriana a la que estaba destinada desde su nacimiento, para recorrer infatigablemente los más remotos rincones del planeta en busca de nuevas plantas. Marianne consiguió asombrar a sus contemporáneos con sus estampas botánicas, que sorprenden por igual por su extraordinaria belleza y por su precisión científica. Gracias a su pasión, el mundo occidental pudo vislumbrar tierras aún inexploradas antes de que la fotografía en color fuera posible. Marianne North es, verdaderamente, un caso único en la historia: fue una destacada artista, una remarcable investigadora y una arrojada exploradora pero, por encima de todo, un ser humano admirable por su estilo ético. Quizá por ser inclasificable es una figura poco conocida, que merece la pena descubrir.


1. La forja de una rebelde
Marianne nació en Hastings, Inglaterra, el 24 de octubre de 1830. Era la hija mayor de un parlamentario liberal, el rico terrateniente Frederick North. De acuerdo con el código social vigente, Marianne no recibió  una educación formal y siempre consideró su breve paso por la escuela un recuerdo particularmente odioso. Durante su juventud aspiró a ser cantante profesional y ensayaba de manera incansable pero, al perder la voz, acabó concentrándose en el dibujo como hobby.
Su familia disfrutaba de una intensa vida cultural, manteniendo contacto con las corrientes intelectuales más activas del momento. Por aquel entonces estaba cristalizando una nueva cosmovisión, el darwinismo, al mismo tiempo que algunos de los más famosos exploradores  de la historia conseguían dar los contornos definitivos al mapa del mundo. Todo ello tendría una influencia decisiva en el devenir vital de Marianne North.


2. Los años del Grand Tour
Los Jardines de Kew se encuentran situados al sur de Londres. Se trata de un maravilloso parque con más de 100 hectáreas, seis invernaderos, pagodas… Sir William Hooker, director de la institución, era amigo de la familia North y solía regalar a Marianne plantas raras y exóticas que a ella le encantaba dibujar y cuidar. Padre e hija compartían su amor por la jardinería, como también por los viajes. En los meses en los que no se celebraban sesiones parlamentarias, Marianne viajaba con sus progenitores por toda Europa. Era el Grand Tour, esa aventura cultural casi iniciática, imprescindible para que la burguesía ilustrada adquiriese una pátina cosmopolita con que brillar en sociedad. Así fue como los North recorrieron Suiza, Austria, España, Italia, Grecia y Turquía.
Antes de morir, la madre de Marianne le hizo prometer que nunca abandonaría a su padre, al que siguió acompañando en sus recorridos por el continente europeo. Con su diario y su cuaderno de bocetos, su mente inquieta registraba minuciosamente la vida y la flora que encontraba a su paso. Ya entonces daba muestras de un innegable talento con la acuarela, la cual había empezado a utilizar, casualmente, en nuestro país.
En 1.865, el Sr. North perdió su escaño en el Parlamento pero supo convertir esa contrariedad en ventaja. Ahora disponían de más tiempo para conocer mundo, por lo que se lanzaron a un viaje más largo y ambicioso que les llevó hasta Egipto y Siria. De aquella época data la descripción que de Marianne hizo un admirador: “Era pálida y vivaracha, graciosa en sus maneras y dibujaba cada templo de Nubia, cada hombre y mujer que encontraba, y todas las palmeras de Egipto”.
A los 37 años se decidió a tomar lecciones de pintura al óleo y la novedad le entusiasmó hasta el punto de confesar a su diario: “El óleo es un vicio como la bebida, casi imposible de abandonar una vez que se apodera de ti”.
Durante un viaje a los Alpes, en 1.869, su padre se sintió repentinamente mal, por lo que tuvieron que regresar a Inglaterra a toda prisa. Cuando el Sr. North murió, Marianne vio cómo se abría un inmenso vacío en su existencia. Por ello escribió: “Él fue desde el principio al fin mi único ídolo y el amigo de mi vida”… “Ahora tengo que aprender a vivir sin él y a llenar mi vida con otros intereses lo mejor que pueda”.


3. Cadenas rotas
Después de tantos años de viajes y aficiones compartidas, es claro que Marianne habría aprendido muchísimas cosas de su padre, y ese legado espiritual la ayudó a encauzar su camino. Tenía entonces cuarenta años, la edad de la madurez intelectual. Su idea de que el matrimonio reducía a la mujer al puesto de un ama de llaves cualificada la había mantenido soltera por voluntad propia. Gracias a ello pudo conservar el control de la gran fortuna que heredó y que, de otra manera, habría ido a para a su marido, pues la ley inglesa consideraba a las esposas como menores de edad. En aquel momento crucial, Marianne decidió dar otra vuelta de tuerca a sus expediciones. Podemos leer en su diario: “He soñado largamente en ir a países tropicales a pintar in situ su peculiar vegetación en su exuberante abundancia”. Tras vender la mansión familiar en Hastings, y animada por los consejos de la exploradora Lucie Duff-Gordon (1821-1869), quien había viajado a Egipto y Sudáfrica, se dispuso a hacer realidad su sueño, embarcándose para Norteamérica en 1.871. Allí visitó las cataratas del Niágara y Nueva York, así como Washington, donde fue recibida por el Presidente Ulysses S. Grant.
En Boston conoció a Elisabeth Agassiz, esposa del famoso paleontólogo suizo Louis Agassiz (en la entrada “Pasión por los fósiles”, en este mismo blog, se menciona su colaboración con Mary Anning: http://esprituycuerpo.blogspot.com.es/2012/10/pasion-por-los-fosiles-mary-anning-y.html ). Los Agassiz acababan de volver del trópico y le descubrieron toda la potencialidad que  tenía la zona para sus intereses. Marianne, que hasta entonces había estado buscando su verdadero rumbo, no necesitó ninguna información más. Aquel impulso la encaminó a Jamaica. En las afueras de la capital, Kingston, alquiló una casa destartalada y recubierta de vegetación, y se dedicó en cuerpo y alma a pintar durante cinco meses, desbordada por la emoción del descubrimiento:  “Estaba en un estado éxtasis y apenas sabía qué pintar”. Plátanos, palmeras, orquídeas, flores de la pasión… fueron llenando sus lienzos. Después se dirigió a Minas Gerais, en Brasil, donde pintó frenéticamente más de cien cuadros durante ocho meses, viviendo en una cabaña en plena jungla. Satisfecha con el resultado, regresó a Inglaterra en 1.872.


4. Una vida mágica
Aquella primera experiencia viajera marcó la pauta para las sucesivas. Se embarcaba hacia lugares cada vez más inexplorados por el  hombre blanco y pintaba a diario, con una rutina casi laboral. Gracias a las influencias políticas de su padre, siempre disponía de cartas de presentación para embajadores, virreyes o gobernantes y, aunque no dudó en alojarse en las lujosas residencias de los funcionarios coloniales ingleses cuando hizo falta, prefería relacionarse con “gente menos civilizada pero más interesante”. Con ello no se refería a los nativos sino a los expertos en flora local, capaces de indicarle dónde buscar las especies más características y solucionar sus muchas dudas acerca de las mismas, como apuntó en sus memorias. De forma insólita, Marianne desafió todas las convenciones de la época al viajar sola. La sociedad convencional la aburría y la perspectiva de asistir a cenas formales en traje de noche le parecía una tortura insufrible: “Soy un pájaro muy salvaje y me gusta la libertad”, dejó escrito.
Prefería los medios de transporte lentos, a pie, a lomos de un caballo o en canoa, para poder  observar el entorno con más detalle. Se levantaba al alba y pintaba incansablemente al aire libre hasta el mediodía. Entonces seguía trabajando en el interior o a la sombra y, al atardecer, salía de nuevo a explorar y no volvía a su refugio mientras quedara un poco de luz. “Daba preciosos paseos y siempre encontraba nuevas maravillas en cada expedición”. Son palabras que definen a una auténtica “cazadora de flores”. Su hermana Catherine, que también se dedicaba a la ilustración botánica pero de una forma menos nómada y más convencional,  recordaría  años después, entre la melancolía y la sana envidia: “Parecía llevar una vida mágica. Por lo visto podía pasarse todo el día pintando en un manglar y no tener fiebre. Podía vivir sin comer, sin dormir, y volver a casa  al cabo de uno o dos años, un poco más delgada, con una mirada un poco más atribulada en sus ojos cansados, pero preparada para disfrutar al máximo de la halagadora recepción que Londres  estaba siempre dispuesto a ofrecer a todo aquel  que se hubiese ganado su respeto por ser interesante en algún sentido”.



5. Rumbo a Oriente
En 1.875 se puso en marcha de nuevo. Comenzó su segundo gran periplo en Tenerife, donde pintó  veintinueve cuadros, para luego dirigirse a California. Allí visitó el parque de Yosemite, y se le encogió el corazón al presenciar la tala indiscriminada de las milenarias secuoyas: “Resulta descorazonador pensar que el hombre, el civilizador, echará a perder en pocos años tesoros que los salvajes y los animales no han dañado durante siglos”. Marianne fue una de las primeras conservacionistas, consciente de que aquellos remotos paraísos estaban en trance de desaparecer por la inadecuada explotación de los recursos naturales. Animada por la idea de documentar esa belleza fugaz, redobló sus esfuerzos pictóricos. Desarrolló una técnica de trabajo muy personal, un estilo rápido cercano al impresionismo, que le permitía acabar los cuadros en una sola jornada, dándole a su pintura un aire muy vital. Eso hizo de ella una artista extraordinariamente prolífica, al cabo de casi 14 años de viajes por diecisiete países de seis continentes.


Viajaba con una maleta diminuta  para su guardarropa  y objetos personales pero acarreando enormes baúles para guardar sus cuadros, pinceles y tubos de óleo. Es una suerte que prefiriese éste a la acuarela- signo de identidad de las damiselas victorianas-, porque las condiciones de humedad de los trópicos habrían arruinado todo su esfuerzo. En cambio, eso mismo hizo que se conservaran más brillantes los intensos rojos, azules y amarillos que utilizaba Marianne para plasmar los colores casi alucinatorios de aquella desbordante vegetación. Contra el estilo de los ilustradores botánicos de corte linneano, que esquematizaban las partes de las plantas con un interés taxonómico, Marianne tenía una visión holista de la naturaleza mucho más moderna: captaba el ecosistema vivo en su conjunto, registrando en su propio hábitat a las plantas interactuando entre sí y con los insectos, aves, peces o el hombre. En la línea de  Charles Darwin, que fue amigo de su padre, le interesaba la localización geográfica de los especímenes como un factor clave para su evolución. Su obra conserva por ello un extraordinario valor informativo para nosotros, al ofrecernos imágenes de especies que ya han desaparecido o, incluso, de ejemplares que aún hoy perduran, como un bambú gigante que pintó en 1.877 en Sri Lanka. Allí recaló después de trabajar en Japón, Borneo y Java. En Ceylán, la fotógrafa Julia Margaret Cameron “desnudó” su verdadera personalidad ante la cámara: vestida con amplios ropajes de lana cachemir, con el pelo suelto, la tez morena y acariciada por las ramas de un coco, nos la muestra como una hippie decimonónica, una mujer sabia que ha alcanzado el autoconocimiento a través de sus viajes, muy distinta del recatado aspecto que presenta en otras fotografías, en las que luce veletes en el pelo y primorosos cuellos de puntilla.Si tenéis interés en saber más sobre la vida y obra de esta maravillosa fotógrafa, podéis acceder aquí http://mujeresparalahistoria.blogspot.com.es/2013/08/julia-margaret-cameron-la-fotografia.html


Poco después de que la reina Victoria fuera coronada emperatriz de la India en 1.876, Marianne dedicó 18 meses en el subcontinente a documentar plantas relacionadas con el hinduismo, pintando más de 200 telas que se conservan en el Museo Británico. De ellas podemos deducir su idea acerca del lugar del ser humano en la naturaleza. Contra la soberbia del hombre occidental, dominante y colonizador, lo pinta casi insignificante, empequeñecido junto a grandiosos paisajes, como las majestuosas cumbres del Himalaya, los bosques de Nueva Zelanda o los volcanes de Honolulu.


6. Una exposición permanente
De vuelta a Inglaterra, en 1.879 expuso sus obras con gran éxito en una galería de Kensington. A través de la prensa el público había seguido, con el aliento contenido, las asombrosas proezas  de esta incansable trotamundos, y acudió en masa a contemplar sus pinturas. Aquella respuesta popular le  hizo concebir una atrevida idea, como todas las suyas: construir a su costa un espacio expositivo en los Jardines de Kew, que albergaría de forma permanente su ya nutrida producción pictórica. Quería compartir su trabajo con sus contemporáneos y con las generaciones venideras. Ella deseaba que la gente pudiera descansar allí, tomando un té o un café con biscuits, rodeados por aquellas preciosas imágenes de la flora y la fauna de todos los rincones del orbe. Sin embargo, en nombre de un mal entendido rigor científico, el director de los Jardines, Joseph Hooker, solo autorizó la exposición de los cuadros. Marianne buscó a un arquitecto idóneo, James Fergusson, para construir un recinto que combinara las líneas de un templo griego con las estructuras coloniales de la India que ella tanto admiraba, y diseñó y llevó  a cabo por sí misma hasta los menores detalles de la instalación. Dando muestras de su genial sentido del humor, pintó en las paredes las plantas del té y del café, cuyos productos habían  sido proscritos en nombre de una visión seria y aburrida de la ciencia.


La galería abrió al público en 1.882. En las paredes, de las que hoy cuelgan 832 cuadros que cubren  727 géneros y unas 1.000 especies, se arraciman las estampas vegetales según su lugar de procedencia, dando la impresión que pretendía su autora: la de un gigantesco álbum de postales botánicas. Como detalle significativo, constituye la única exhibición permanente de una sola artista mujer en Gran Bretaña.


7. Pasión por los confines
Marianne North representa el prototipo de las viajeras victorianas. Fueron mujeres discretas hasta su madurez, cumpliendo  hasta entonces, escrupulosamente, sus obligaciones familiares. Una vez liberadas de esas responsabilidades, se ponían el mundo por montera y ya nadie podía detener su sed de descubrimientos. Muchos las tomaban por locas o por brujas, como le sucedió a  Marianne con un visitante de su exposición. Pero la realidad es que eran personas que daban muestras de una autodisciplina y  de una capacidad de planificación  y de ejecución admirables. El caso de Marianne North es excepcional por el número de kilómetros que recorrió pero, aún más,  por el valor artístico y científico de su aportación. Realmente resulta difícil citar ejemplos parangonables al suyo. Solo he podido encontrar a la alemana Anna María Sibylla Merian (1.646-1.717), una pintora, botánica y entomóloga que, con 52 años, se encaminó hacia Surinam, en la Guayana holandesa, para pintar plantas indígenas, serpientes e insectos, de los que le interesaban especialmente las  fases de su metamorfosis. Google le acaba de dedicar un Doodle en el 366 aniversario de su nacimiento.


 Rodeados de las facilidades viajeras actuales, nos resultan difíciles de imaginar todas las incomodidades y riesgos que representaba adentrarse en la naturaleza virgen en el siglo XIX. Además de lidiar con las barreras idiomáticas y culturales, los exploradores tenían que vérselas con alojamientos insalubres, las inclemencias del tiempo o los animales salvajes y peligrosos. Marianne cuenta en sus diarios que, en Brasil, soportó el ataque de ejércitos de insectos mientras pintaba; en las Seychelles tuvo que escalar muros de barro y granito agarrándose a plantas con espinas tan largas que le sangraron las manos; y, en Ceylán, estuvo a punto de acabar con ella una serpiente venenosa, pero todo ello mereció la pena en aras de la ciencia. Un género y cuatro especies llevan su nombre: un árbol de Seychelles (Northea seychelliana), una amarilis de Borneo (Crinum northianum), una palmera (Areca northiana), un lirio africano  (Kniphofia northiana) y, sobre todo, la Nepentes northiana, la mayor planta carnívora del mundo, descubierta por esta original naturalista en la junglas de Borneo.


8. El viaje más largo
En 1.880, Charles Darwin le lanzó un desafío al no fue capaz de resistirse: cuando “dijo que pensaba que no debía atreverme a representar la vegetación del mundo hasta haber visto y pintado la australiana, me decidí a ir de golpe”. Al año siguiente, cuando ya contaba con 51 años, partió hacia las antípodas: Australia, Nueva Zelanda y Tasmania. La siguiente etapa era Sudáfrica, pero allí su cuerpo se le rebeló. Después de tantos esfuerzos y privaciones, su salud estaba muy quebrantada. Sufría de agotamiento psíquico, ya no podía pintar con tanta rapidez como antes y su sordera iba en aumento. A pesar de ello, no atendió a las advertencias de los médicos y en 1883 continuó su ruta hacia las  islas Seychelles, para llegar a Chile en 1.884. Al término de esta odisea volvió a Inglaterra para no abandonarla ya nunca más. Allí  logró construir un hogar que era, al mismo tiempo, un museo de tesoros botánicos: “He encontrado el sitio exacto que deseaba y mi jardín ya está convirtiéndose en famoso. Espero que mantenga a mis enemigos –los nervios- tranquilos”.



Marianne North murió en 1.890 con 59 años. Sin duda, los excesos de su vida de exploradora  acabaron prematuramente con ella. Su hermana Catherine se encargó de la publicación póstuma de sus diarios, “Recuerdos de una vida feliz” (1.892),  que gozaron de gran popularidad.


Hoy día los Jardines de Kew han cumplido el deseo de Marianne: por fin es posible, en un bellísimo entorno natural, descansar del ajetreo urbano tomando un refrigerio y soñar con los paraísos lejanos que ella visitó.

ooooOOOOoooo

Para ilustrar la amplia obra pictórica de la autora, P. R. Losada ha preparado un bonito vídeo, con una animada canción de Enya que parece escrita pensando en Marianne North, que os recomiendo que no  dejéis de ver.
Podéis acceder al vídeo dándole al play abajo o haciendo click en el enlace de youtube con posibilidad de una mayor calidad de imagen.

                                         http://www.youtube.com/watch?v=ankMbXVQr9o


POST SCRIPTUM:
Me gustaría recomendaros especialmente la visita de los mejores jardines botánicos del mundo, los de Kew, para cuando visitéis Londres. Es un sitio verdaderamente precioso y, con un poco de suerte, podéis tener una divertida experiencia como la que tuve yo, hace ya un buen montón de años, con una ardilla ladronzuela y supersociable. Cuando me disponía a lanzarle una galleta desde varios metros de distancia, antes de que me diera cuenta se pegó un sprint alucinante y me la quitó de la mano. Pasamos toda la tarde allí pero, lamentablemente, no vimos los cuadros de Marianne. Nadie nos informó de su existencia. Si en la guía había alguna mención al respecto, es claro que no fue lo suficientemente persuasiva. Tendremos que volver alguna vez. Esta es la parte triste e injusta del olvido. Los medios de comunicación dedican una considerable cantidad de tiempo a personajillos de usar y tirar y, en cambio, a estas interesantes y ejemplares figuras, como Marianne North o Mary Anning, hay que rastrearlas debajo de las piedras. Estas dos inglesas geniales fueron muy distintas: una rica y aristocrática, la otra pobre y humilde; la primera dio la vuelta al mundo dos veces y media, la segunda solo salió de su lugar natal al final de sus días para acudir a un homenaje que recibió en Londres. No se conocieron pero podrían haberlo hecho. Marianne tenía 17 años cuando murió Mary. Tal vez oyó hablar de ella o leyó acerca de sus asombrosos descubrimientos paleontológicos en los periódicos. Me llaman la atención los paralelismos entre ambas. Ninguna de las dos pudo estudiar en la universidad. Tuvieron que conformarse con una formación autodidacta, pero bien que la aprovecharon. ¿Qué lugar ocuparían hoy en nuestros libros de historia si hubiesen accedido a una educación formal y rigurosa desde su juventud? Nos quedaremos con las ganas de saberlo. Lo que sí que podemos afirmar es que solo renunciando al matrimonio pudieron dedicarse en cuerpo y alma a su pasión. Qué suerte que ahora podemos tenerlo todo.
Para acceder al artículo sobre Mary Anning podéis entrar en los siguientes enlaces:
Este artículo fue originariamente publicado en el Blog de Filosofía Espíritu y Cuerpo. Si tenéis interés en acceder a los comentarios realizados al mismo, podéis consultar el enlace siguiente:
http://esprituycuerpo.blogspot.com.es/2012/10/pasion-por-los-fosiles-mary-anning-y.html

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